Pasar del recurso a la estrategia
- Adriana Páez Pino

- 1 jul
- 6 min de lectura

Para esta edición de Descubriendo la IA en el trabajo quiero detenerme en una conversación que, aunque parece alejarse de la inteligencia artificial, conecta con una pregunta central para el futuro del desarrollo. ¿Cómo transformar los recursos que ya tenemos en conocimiento, innovación y oportunidades reales para las personas?
Durante la 56.ª Asamblea General de la OEA en Panamá, la Economía Azul apareció como algo más que una agenda sobre océanos. Lo que me llamó la atención fue ver cómo este tema puede pasar de la conservación a una estrategia de largo plazo, donde ciencia, cooperación, seguridad alimentaria, seguridad del agua y desarrollo económico empiezan a conversar entre sí.
Esa mirada me parece especialmente relevante para América Latina y el Caribe. No porque la región carezca de recursos, sino porque el verdadero desafío está en reconocer mejor su potencial, construir capacidades alrededor de ellos y evitar que una nueva oportunidad termine reducida a otra forma de explotación.
La pregunta es si estamos preparados para pasar del recurso a la estrategia.
Una conversación que va mucho más allá de los océanos
La Economía Azul está dejando de ser una conversación limitada a conservación, pesca o turismo costero. Cada vez aparece con más fuerza como una agenda de desarrollo, porque conecta empleo, seguridad alimentaria, seguridad del agua, biodiversidad, transporte, energía, ciencia, tecnología e innovación.
El Banco Mundial la define como el uso sostenible de los recursos oceánicos para impulsar el crecimiento económico, mejorar los medios de vida y generar empleo, preservando la salud de los ecosistemas marinos. La definición introduce un cambio importante. El océano no se entiende solo como un recurso que debe protegerse, sino como un activo estratégico que exige conocimiento, inversión, regulación y visión de largo plazo.
Las cifras ayudan a dimensionar el alcance del tema. Según la OCDE, entre 1995 y 2020 la economía oceánica aportó entre el 3 % y el 4 % del valor agregado mundial y llegó a emplear hasta 133 millones de personas equivalentes a tiempo completo.
En América Latina y el Caribe, la agenda también empieza a consolidarse. CAF anunció una inversión de 2.500 millones de dólares hasta 2030 para impulsar iniciativas vinculadas con conservación marina, desarrollo económico, adaptación climática, fortalecimiento institucional y nuevas oportunidades productivas relacionadas con los océanos.
La apuesta refleja un cambio de enfoque. Los océanos ya no se observan únicamente desde la protección ambiental, sino como una base para generar empleo, fortalecer la seguridad alimentaria, impulsar innovación y construir nuevas capacidades de desarrollo.
Ahí está el punto de fondo. La Economía Azul no es una agenda de protección del mar. Es una agenda de desarrollo basada en el mar. Y para América Latina, esa diferencia es clave.
La experiencia italiana: del recurso a la estrategia
Lo que más me llamó la atención de la experiencia presentada por Italia fue el nivel de articulación. No parecía una suma de proyectos ambientales, sino una apuesta estructurada alrededor de investigación científica, observación oceánica, bioeconomía, seguridad alimentaria, seguridad del agua y cooperación internacional.
Ese es un punto importante. La Economía Azul no avanza únicamente porque existan recursos marinos. Avanza cuando hay instituciones capaces de investigarlos, tecnologías para monitorearlos, marcos legales para protegerlos y voluntad política para convertir ese conocimiento en decisiones públicas.
La ciencia puede producir evidencia, pero se necesita decisión pública para transformarla en agenda, cooperación y continuidad. Sin esa voluntad, incluso las mejores investigaciones corren el riesgo de quedarse en diagnósticos o proyectos aislados.
En Panamá no se mostró únicamente una experiencia italiana sobre el mar. Se mostró cómo una agenda científica puede convertirse en cooperación entre gobiernos y abrir caminos para otros países. Ahí la transferencia de conocimiento deja de ser un concepto técnico y empieza a tener valor político y estratégico.
Para América Latina y el Caribe, esa mirada resulta especialmente valiosa. No se trata de copiar un modelo, sino de entender qué ocurre cuando la ciencia, el Estado y la cooperación trabajan con continuidad alrededor de un recurso estratégico.
La diferencia no está solo en tener océanos. Está en decidir qué país se quiere construir alrededor de ellos.
América Latina: pasar del potencial a la estrategia
Para América Latina y el Caribe, el desafío no es demostrar que tiene mar. Lo tiene. La región se relaciona con el Caribe, el Pacífico y el Atlántico a través de costas, puertos, pesca, turismo, comunidades, biodiversidad y ecosistemas decisivos para la seguridad alimentaria y la adaptación climática.
Ahí la Economía Azul abre una discusión necesaria. No basta con tener recursos marinos ni con mencionarlos en los discursos de desarrollo. El verdadero cambio ocurre cuando esos recursos se convierten en investigación, capacidades locales, empleo, innovación, conservación y decisiones públicas sostenidas en el tiempo.
Para que esto ocurra, América Latina necesita evitar que la Economía Azul se convierta en una suma de iniciativas dispersas. El reto está en articular políticas de largo plazo, cooperación entre países, formación de talento, ciencia aplicada, inversión y voluntad política.
Colombia permite aterrizar esta reflexión sin agotar la mirada regional. El país ha reconocido su condición bioceánica y cuenta con instrumentos de política orientados al aprovechamiento sostenible de sus océanos y zonas costeras. Aun así, la experiencia italiana deja una pregunta útil. Cómo pasar de reconocer el potencial marítimo a construir una estrategia madura que conecte ciencia, innovación, conservación y desarrollo económico.
La Economía Azul invita a mirar los océanos desde otro lugar. No solo como frontera geográfica, reserva natural o fuente de extracción. También como un espacio donde pueden surgir conocimiento, empleo, seguridad alimentaria, seguridad del agua y nuevas oportunidades para los territorios.
Para la región, el punto de fondo no es aprovechar más el mar. Es aprender a gobernarlo mejor, investigarlo mejor y convertirlo en futuro sin repetir las lógicas de explotación que ya conocemos demasiado bien.
El desafío de no repetir la historia
A medida que avanzaba la conversación sobre Economía Azul, había una pregunta que regresaba constantemente a mi mente. ¿Cómo aprovechar esta oportunidad sin repetir errores que América Latina conoce demasiado bien?
La región ha construido buena parte de su historia económica alrededor de la explotación de recursos naturales. Petróleo, minerales, bosques, tierras agrícolas y otros activos han generado crecimiento en distintos momentos, pero no siempre se han traducido en desarrollo sostenible, fortalecimiento institucional o bienestar para las comunidades.
Por eso la Economía Azul enfrenta un desafío que va mucho más allá de la investigación científica o la innovación tecnológica. La verdadera prueba estará en la gobernanza.
¿Cómo equilibrar conservación y desarrollo económico? ¿Cómo evitar la sobreexplotación de ecosistemas marinos? ¿Cómo garantizar que los beneficios lleguen a las comunidades costeras? ¿Cómo construir marcos regulatorios capaces de acompañar una agenda que involucra ciencia, inversión, cooperación internacional y nuevos sectores productivos?
Estas preguntas son especialmente relevantes porque el potencial económico de los océanos es enorme. Precisamente por eso, las decisiones que se tomen hoy tendrán efectos durante décadas.
Quizás una de las lecciones más valiosas de la experiencia italiana es que el desarrollo no depende únicamente de los recursos disponibles. También depende de las reglas, las instituciones y la capacidad de sostener una visión de largo plazo.
La Economía Azul puede convertirse en una oportunidad extraordinaria para la región. Pero su éxito no dependerá únicamente de lo que seamos capaces de extraer del mar, sino de lo que seamos capaces de preservar, investigar y gobernar alrededor de él.
Más allá de los proyectos, las cifras o las experiencias compartidas en Panamá, la conversación sobre Economía Azul me dejó una reflexión sencilla: a veces los países buscan nuevas oportunidades de desarrollo sin mirar con suficiente atención aquello que ya poseen.
América Latina y el Caribe cuentan con una riqueza marina extraordinaria. La oportunidad no está solo en reconocerla, sino en comprender su valor estratégico y construir las condiciones para que se convierta en conocimiento, bienestar, empleo e innovación.
Por eso la experiencia italiana resultó tan interesante. No porque ofreciera una fórmula para replicar, sino porque mostró lo que puede ocurrir cuando investigación científica, cooperación, instituciones y voluntad política trabajan durante años alrededor de una visión compartida.
La Economía Azul invita a repensar cómo entendemos el desarrollo. Algunas de las oportunidades más importantes para el futuro pueden estar en recursos que siempre han estado presentes, pero que todavía no hemos incorporado plenamente dentro de nuestras estrategias de país.
Tal vez el desafío para América Latina no sea descubrir nuevas riquezas, sino reconocer el potencial de las que ya tiene y decidir qué futuro quiere construir alrededor de ellas.



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