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El Mundial 2026 también se juega en los datos

  • Foto del escritor: Adriana Páez Pino
    Adriana Páez Pino
  • 29 jun
  • 6 min de lectura
By Adriana Páez Pino                                                                                                                                          Mientras seguimos los partidos, celebramos goles y comentamos jugadas, algo menos visible también está ocurriendo: la inteligencia artificial y los datos están entrando en la forma como se organiza, se transmite y se vive el Mundial 2026. Una mirada al fútbol como espejo del futuro del trabajo y de las decisiones humanas en tiempos de tecnología.
By Adriana Páez Pino Mientras seguimos los partidos, celebramos goles y comentamos jugadas, algo menos visible también está ocurriendo: la inteligencia artificial y los datos están entrando en la forma como se organiza, se transmite y se vive el Mundial 2026. Una mirada al fútbol como espejo del futuro del trabajo y de las decisiones humanas en tiempos de tecnología.

Hay temas que se imponen en la conversación pública casi sin pedir permiso. El Mundial de Fútbol es uno de ellos.

Está en las noticias, en las redes, en los grupos de WhatsApp, en los análisis de los comentaristas y, por supuesto, en la emoción de ver jugar a nuestra selección. Cuando Colombia está en la cancha, el torneo deja de ser un evento lejano y se vuelve parte de nuestra rutina.


Pero mientras seguimos los partidos, discutimos marcadores o celebramos una jugada, también ocurre algo menos visible, la tecnología, los datos y la inteligencia artificial están entrando en la forma como se organizan, se transmiten y se viven los grandes eventos humanos.


Esta edición, organizada por Estados Unidos, México y Canadá, tiene una escala particular; 48 selecciones, 104 partidos y una operación distribuida en tres países. No se trata solo de tener más equipos o más sedes. Se trata de coordinar una experiencia global donde el fútbol, la transmisión, la seguridad y la toma de decisiones dependen cada vez más de infraestructura digital.


Por eso, este Mundial también puede leerse desde otra perspectiva. En Descubriendo la IA en el trabajo, esa es precisamente la invitación, mirar cómo la inteligencia artificial y los datos no solo transforman oficinas, empresas o profesiones, sino también los espacios donde millones de personas se encuentran alrededor de una misma emoción.


Una operación continental basada en tecnología

Cuando un evento ocurre en tres países, la tecnología deja de ser un complemento. Se convierte en la infraestructura que permite coordinarlo.

El Mundial 2026 no solo necesita estadios listos para recibir partidos. Necesita conectar ciudades, aeropuertos, hoteles, centros de entrenamiento, medios de comunicación, sistemas de seguridad, plataformas digitales y zonas de aficionados.


En ese escenario, Dallas se ha convertido en uno de los puntos estratégicos del torneo. Allí opera el International Broadcast Centre, desde donde se coordina buena parte de la operación de televisión, radio y nuevos medios. Mientras el mundo mira la cancha, una parte decisiva del Mundial ocurre en salas de producción, servidores, pantallas, señales internacionales y flujos de datos.


También en Miami opera el Tournament Operations Centre, con un centro de comando inteligente que integra información de diferentes áreas del evento. Este tipo de plataforma permite visualizar datos, coordinar equipos, monitorear alertas y responder con mayor rapidez a situaciones que pueden afectar la experiencia del torneo.


Los grandes eventos ya no se gestionan solo con experiencia, reuniones y llamadas. Se gestionan con información integrada, conectividad, sistemas de alerta y decisiones coordinadas en tiempo real.


El Mundial no solo se está jugando en los estadios. También se está coordinando como una operación inteligente, distribuida y conectada en tiempo real.


La cancha conectada

Durante años, muchas personas asociaron la tecnología en el fútbol casi exclusivamente con el VAR. Pero el Mundial 2026 muestra una etapa más amplia con cámaras, sensores, seguimiento corporal, modelos tridimensionales, balón conectado y sistemas capaces de procesar información en tiempo real.


El balón oficial del torneo, Trionda, incorpora tecnología de balón conectado. Esto permite enviar datos al sistema de videoarbitraje y ayudar a identificar con mayor precisión el movimiento del balón, el momento del contacto y algunas jugadas en las que antes la interpretación dependía casi por completo del ojo humano.


El punto no es que el balón “decida” una jugada. El punto es que también aporta información. Esa información, cruzada con cámaras y datos de posición de los jugadores, puede apoyar decisiones como el fuera de lugar semiautomatizado. La tecnología no reemplaza al árbitro, pero le entrega más señales para decidir con mayor precisión y velocidad.


También cambia la forma como los equipos entienden el juego. La inteligencia artificial puede apoyar el análisis de rendimiento, patrones tácticos, movimientos del rival, videos de jugadas y posibles escenarios antes o después de un partido. No sustituye al entrenador, pero amplía su capacidad de lectura.


Incluso la cancha y los guayos entran en esta conversación. Detrás de una superficie de juego hay decisiones técnicas sobre césped, drenaje, clima, prevención de lesiones y rendimiento. Y en los guayos, aunque no sean una tecnología oficial del torneo, también hay innovación en materiales, tracción, estabilidad y contacto con la superficie.

La tecnología está entrando en lugares donde antes no la veíamos con tanta claridad el balón, la superficie de juego, la posición del cuerpo y la lectura táctica empiezan a formar parte de un mismo ecosistema de información.


Ese cambio no es exclusivo del fútbol. También ocurre en el trabajo y en las organizaciones tener más datos puede ayudar, pero no resuelve por sí solo el problema de fondo. Lo importante sigue siendo interpretar, explicar y decidir con criterio.


 Ver el partido desde más capas

La tecnología no está cambiando solo la forma como se juega o se arbitra. También está cambiando la manera como vemos, entendemos y comentamos el fútbol.

Antes, la transmisión nos mostraba el partido desde unas cuantas cámaras, algunas repeticiones y la narración de quienes estaban frente al micrófono. El espectador quiere ver la jugada desde varios ángulos, entender por qué se tomó una decisión, revisar datos, comentar en redes y seguir la conversación casi en tiempo real.


En este Mundial, una de las imágenes más llamativas ha sido la cámara del árbitro. Ver el partido desde su perspectiva permite acercarse a la velocidad real del juego, a la presión de decidir en segundos y a la dificultad de observar una jugada mientras todo ocurre al mismo tiempo.


Esto puede ayudar a comprender mejor el rol humano detrás de una decisión. Muchas veces juzgamos una jugada desde la repetición lenta, con varios ángulos y después de que ya pasó. La cámara del árbitro nos recuerda que en la cancha no se decide desde la comodidad de la pausa, sino desde el movimiento, la presión y la incertidumbre.


También las pantallas de los estadios están dejando de ser simples marcadores. Hoy muestran repeticiones, animaciones, datos, decisiones arbitrales y contenidos que ayudan a quienes están en el estadio a seguir una experiencia que antes parecía más completa desde la televisión.


Esto cambia incluso el papel de quienes comunican el fútbol. Narradores, periodistas, analistas y productores ya no solo cuentan lo que ocurre. También deben traducir datos, explicar tecnologías, contextualizar decisiones y sostener la emoción del juego sin convertirlo todo en una explicación técnica.


Cuando se muestra más, también se pregunta más. Y cuando una decisión se apoya en tecnología, no basta con decir que “el sistema lo confirmó”. La confianza no nace solo de tener más cámaras o más datos. Nace de que las personas puedan comprender cómo se usaron.


Seguridad, vigilancia y criterio humano

La tecnología del Mundial no solo está al servicio del juego o del espectáculo. También está en la seguridad.


Un evento de esta escala necesita proteger estadios, rutas, hoteles, zonas de aficionados, centros de medios y espacios públicos donde miles de personas se concentran antes, durante y después de cada partido. Allí aparecen sistemas de monitoreo, coordinación de equipos, ciberseguridad y vigilancia aérea.


Los drones muestran bien esa tensión. Un dron autorizado puede apoyar la observación de perímetros o el flujo de personas. Pero un dron no autorizado puede invadir zonas restringidas, grabar información sensible, interrumpir una operación o generar riesgo en medio de una multitud.


Por eso, la conversación no es solo tecnológica. También es de gobernanza quién puede usar estas herramientas, con qué permisos, sobre qué espacios, con qué límites y bajo qué responsabilidades.


Y aquí el Mundial deja una lectura que va más allá del deporte. Lo que estamos viendo en la cancha, en las transmisiones y en la seguridad también ocurre en el trabajo, en las organizaciones, en la educación y en la vida cotidiana: cada vez tenemos más datos, más sistemas y más herramientas para decidir, pero eso no significa que decidamos mejor de manera automática.


La tecnología amplía capacidades, pero no elimina la responsabilidad humana. Podemos tener más cámaras, más sensores, más información y más sistemas de apoyo. Pero si no sabemos interpretar, explicar y poner límites, la tecnología puede producir precisión sin confianza.


El fútbol seguirá siendo emoción, identidad, conversación y memoria compartida. Pero este Mundial deja una señal clara, el futuro será cada vez más tecnológico. La pregunta no es solo qué podemos medir, sino qué decisiones estamos dispuestos a delegar y cuáles necesitamos seguir comprendiendo como sociedad.



 
 
 

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