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La OIT abrió una pregunta incómoda sobre el trabajo digital

  • Foto del escritor: Adriana Páez Pino
    Adriana Páez Pino
  • 1 jul
  • 6 min de lectura
By Adriana Páez Pino                                                                                                                                                             La OIT abrió una conversación clave sobre el futuro del trabajo: cuando las plataformas digitales, los datos y los algoritmos organizan tareas, ingresos y oportunidades laborales, también deben existir garantías. Este blog analiza por qué el debate sobre el trabajo decente en la economía de plataformas no se limita a un sector, sino que anticipa preguntas profundas sobre protección, transparencia, revisión de decisiones automatizadas y dignidad laboral en la era de la inteligencia artificial.
By Adriana Páez Pino La OIT abrió una conversación clave sobre el futuro del trabajo: cuando las plataformas digitales, los datos y los algoritmos organizan tareas, ingresos y oportunidades laborales, también deben existir garantías. Este blog analiza por qué el debate sobre el trabajo decente en la economía de plataformas no se limita a un sector, sino que anticipa preguntas profundas sobre protección, transparencia, revisión de decisiones automatizadas y dignidad laboral en la era de la inteligencia artificial.

La reciente decisión de la OIT va mucho más allá de las plataformas digitales. En la Conferencia Internacional del Trabajo adoptó un nuevo convenio sobre trabajo decente en la economía de plataformas, y aunque podría parecer una noticia técnica, en realidad toca una pregunta central para el futuro laboral.


Para esta edición de Descubriendo la IA en el trabajo, quiero mirar esta decisión más allá del lenguaje jurídico. No solo como una norma sobre nuevas formas de intermediación laboral, sino como una señal sobre la manera en que el trabajo empieza a organizarse mediante datos, sistemas automatizados y algoritmos.


El punto no está únicamente en quienes trabajan como repartidores, conductores o prestadores de servicios bajo estos modelos. El fondo de la discusión es más amplio. Cada vez más decisiones laborales pueden ser mediadas por sistemas digitales que asignan tareas, miden desempeño, calculan ingresos, priorizan oportunidades o limitan el acceso al trabajo.


Cuando una persona no sabe por qué recibe menos tareas, por qué cambian sus ingresos o por qué pierde el acceso al espacio donde genera sus ingresos, la pregunta deja de ser tecnológica y se vuelve laboral.


La decisión de la OIT obliga a mirar esa zona que muchas veces queda fuera de la conversación. No se trata solo de regular un sector. Se trata de entender qué garantías deben existir cuando una parte del trabajo depende de sistemas que asignan, califican y deciden.


La novedad que abrió la conversación

La Conferencia Internacional del Trabajo adoptó este año el Convenio sobre el trabajo decente en la economía de plataformas, acompañado de una recomendación complementaria. No es un detalle menor. Es el resultado de una discusión que la OIT venía adelantando desde 2025 con gobiernos, empleadores y trabajadores, y que hoy reconoce una realidad laboral que creció más rápido que las reglas pensadas para protegerla.


La novedad no está solo en la adopción de un nuevo instrumento internacional. Está en aceptar que muchas plataformas digitales ya no funcionan únicamente como espacios de intermediación. En la práctica, también pueden organizar trabajo remunerado.


Allí se asignan tareas, se establecen condiciones, se calculan pagos, se evalúa el desempeño y se toman decisiones que pueden afectar el ingreso o la continuidad laboral de una persona. Ese es el cambio de fondo.


La OIT está llevando al plano laboral una discusión que durante años se presentó como tecnológica. Cuando una plataforma organiza el trabajo, también debe existir claridad sobre las condiciones en que ese trabajo ocurre y sobre quién responde cuando una decisión afecta a quien depende de ella para generar ingresos.


La plataforma no solo conecta, también organiza el trabajo

Durante mucho tiempo se presentó a las plataformas digitales como intermediarias. Esa idea ayudó a explicar una parte del fenómeno, pero hoy resulta insuficiente.


Una plataforma puede conectar a quien ofrece un servicio con quien lo necesita, pero también puede definir las condiciones bajo las cuales ese trabajo ocurre. Puede ordenar quién recibe una tarea, establecer criterios de visibilidad, calcular pagos, registrar tiempos, medir desempeño y limitar el acceso de una persona al trabajo disponible.


Cuando una plataforma influye de manera directa en las oportunidades, los ingresos y la continuidad laboral de una persona, deja de ser solo un canal tecnológico. Se convierte en una forma de gestión del trabajo.


Esta mirada es importante porque desplaza la conversación. Ya no se trata únicamente de preguntar si una persona trabaja desde una aplicación o desde una oficina. La pregunta es qué nivel de control existe sobre su actividad, qué reglas determinan sus ingresos y qué posibilidades reales tiene de entender o cuestionar una decisión que la afecta.


En esa zona aparece la gestión algorítmica del trabajo. No siempre se ve. No siempre se explica. No siempre tiene un rostro humano. Pero puede estar presente en decisiones que asignan tareas, modifican prioridades, califican desempeño o restringen oportunidades.


Por eso la discusión abierta por la OIT no debería leerse como un asunto limitado a un sector. Es una señal sobre una forma de organización laboral que puede expandirse a muchos otros espacios, especialmente ahora que más empresas incorporan sistemas automatizados e inteligencia artificial en sus procesos de talento, productividad y toma de decisiones.


Tres asuntos que no podemos dejar por fuera

La decisión de la OIT no resuelve por sí sola todas las tensiones del trabajo en plataformas, pero sí ayuda a ubicar el debate donde corresponde. No solo en la eficiencia del modelo, sino en las condiciones en que una persona trabaja cuando su ingreso depende de reglas digitales.


El primer asunto es la protección. La flexibilidad puede abrir oportunidades, pero no debería convertirse en una forma elegante de desprotección. Cuando una persona trabaja de manera recurrente a través de una plataforma, la seguridad social, la cobertura frente a riesgos y una remuneración comprensible no pueden quedar como asuntos secundarios.


El segundo asunto es la transparencia. Si una decisión digital afecta el ingreso, la visibilidad o la permanencia de una persona, no puede quedar completamente cerrada para quien la recibe. No se trata de que cada trabajador entienda la arquitectura técnica de un sistema, sino de que pueda conocer los criterios que influyen en decisiones que afectan su vida laboral.


El tercer asunto es la revisión. Una desactivación no es un trámite menor cuando de ella depende una fuente de ingresos. Si una persona pierde acceso al trabajo por una decisión automatizada o apoyada en datos, debe existir una vía real para pedir explicación, presentar argumentos y corregir posibles errores.


Estos tres asuntos muestran que el debate no es contra la tecnología. Es sobre las responsabilidades que deben existir cuando la tecnología empieza a organizar el trabajo.


El debate no termina en las plataformas

Sería un error leer esta decisión de la OIT como un asunto limitado a repartidores, conductores o servicios por demanda. Ese es el punto visible, pero no necesariamente el único.


Lo que está en discusión es una forma de organizar el trabajo que puede extenderse a otros escenarios laborales. Ya ocurre cuando una empresa usa sistemas automatizados para filtrar hojas de vida, asignar turnos, medir productividad, evaluar desempeño, definir incentivos o tomar decisiones sobre permanencia y oportunidades.


La diferencia es que, en esos casos, el trabajador puede no estar en una plataforma digital, pero sí estar siendo observado, medido o clasificado por sistemas que influyen en su vida laboral.


No se trata solo de saber si una plataforma debe ofrecer mejores garantías. Se trata de entender qué límites, responsabilidades y explicaciones deben existir cuando las decisiones laborales empiezan a apoyarse en datos, automatización e inteligencia artificial.


Por eso este convenio puede leerse como una primera señal. El trabajo del futuro no solo exigirá nuevas habilidades. También exigirá nuevas formas de protección frente a decisiones que pueden parecer técnicas, pero tienen consecuencias humanas.


Cuando la tecnología organiza el trabajo

La decisión de la OIT no cierra el debate. Lo lleva a un terreno que ya no puede quedar solo en manos de la innovación, la eficiencia o la promesa de flexibilidad.


Las plataformas digitales pueden ampliar oportunidades, pero también pueden crear nuevas formas de dependencia cuando las condiciones laborales se definen a partir de criterios difíciles de conocer, decisiones difíciles de reclamar o sistemas que no siempre explican cómo afectan a las personas.


La discusión de fondo no es si la tecnología debe estar o no en el trabajo. Esa pregunta ya quedó atrás. La pregunta que empieza a tomar fuerza es qué responsabilidades deben existir cuando una parte de las decisiones laborales queda mediada por datos, automatización e inteligencia artificial.


La innovación no puede evaluarse solo por la eficiencia que produce. También debe mirarse por la forma en que distribuye oportunidades, protege derechos y reconoce a quienes trabajan dentro de sus modelos.


El trabajo del futuro no será mejor solo porque sea más digital. Será mejor si logra conservar protección, transparencia y capacidad de respuesta para quienes pueden verse afectados por esas decisiones.


Cuando el algoritmo también decide sobre el trabajo, la dignidad laboral no puede quedar fuera del diseño.


 
 
 

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