60 años que dejan huella
- Adriana Páez Pino

- 9 jun
- 6 min de lectura

Esta semana tenía previsto escribir sobre otro tema para mi blog.
Sin embargo, la vida a veces nos recuerda que hay historias que merecen ser contadas antes que cualquier otra.
El pasado 4 de junio mis padres cumplieron 60 años de matrimonio y este fin de semana nos reunimos para celebrarlo en familia.
Mientras preparábamos la celebración, pensaba en todo lo que representa una fecha como esta. No solo porque son seis décadas compartiendo la vida, sino porque detrás de esos 60 años hay una historia mucho más grande: una historia de familia, de fe, de amigos, de viajes, de música, de aprendizajes y también de momentos difíciles que lograron superar.
Mis padres se conocieron siendo jóvenes en el barrio donde crecieron y desde entonces comenzaron a construir una vida juntos. Con el paso de los años llegaron los hijos, los nietos, los amigos que se volvieron familia y una comunidad de personas que ha acompañado su camino.
Al observarlos durante estos días, me di cuenta de que lo que más admiro de ellos no son los 60 años en sí mismos.
Lo que realmente admiro es la forma como han vivido esos años.
La alegría con la que siguen enfrentando cada día. El amor que sienten por su familia y por sus amigos. La manera en que han estado presentes para sus hijos y ahora para sus nietos. Su capacidad de disfrutar los momentos sencillos, de seguir haciendo planes, de seguir interesándose por lo que ocurre a su alrededor y de encontrar siempre una razón para agradecer.
Quizás por eso esta celebración me llevó a pensar menos en el paso del tiempo y más en la vida que han construido durante todos estos años.
La alegría de vivir
Cuando pienso en mis padres, no pienso primero en los 60 años de matrimonio. Pienso en la alegría con la que han vivido esos años.
Recuerdo la música que siempre estuvo presente en nuestra casa, en las reuniones familiares, en las conversaciones que se alargaban más de lo previsto y en esas fiestas que parecían no terminar nunca. Mi papá ha sido un amante de la música desde que tengo memoria. Todavía conserva muchos de sus discos y sigue disfrutando canciones que han acompañado distintas etapas de su vida.
Esa pasión sigue tan viva que durante la celebración de sus 60 años llevó una canción que prácticamente nadie conocía. Mientras la escuchábamos, hubo una frase que se quedó conmigo: "Contigo hasta el final". No sé si la eligió pensando en la celebración, pero al escucharla sentí que resumía de alguna manera la historia que estábamos festejando ese día.
También pienso en los viajes. Mi mamá siempre ha tenido un enorme interés por conocer nuevos lugares y vivir experiencias diferentes. Mirando hacia atrás, creo que parte de mi gusto por viajar, descubrir y disfrutar nuevas experiencias nació observándolos a ellos.
Con los años he comprendido que muchas de las cosas que hoy forman parte de mi vida comenzaron allí, en nuestro hogar. El gusto por compartir con la familia, por celebrar los momentos importantes, por mantener los vínculos con los amigos y por encontrar razones para disfrutar cada etapa.
Mi mamá ha dedicado buena parte de su vida al servicio de los demás a través de su fe, de la iglesia y de Emaús. Mi papá, con su sentido del humor y su forma cercana de relacionarse con las personas, ha sido su compañero de camino durante todos estos años.
Quizás por eso una de las cosas que más me emocionó durante la celebración fue ver a tantas personas acompañándolos. Amigos de muchos años, familiares y personas que han compartido distintos momentos de su vida estaban allí para celebrar con ellos.
Mientras observaba ese cariño, entendí que una vida bien vivida también se refleja en las personas que deciden caminar a nuestro lado con el paso de los años.
Siempre presentes
Si hay algo que mi hermano y yo hemos tenido a lo largo de nuestra vida es la tranquilidad de saber que nuestros padres siempre han estado ahí.
Las etapas han cambiado. Nosotros crecimos, formamos nuestras propias familias y construimos nuestros propios caminos. Sin embargo, su disposición para acompañarnos nunca desapareció.
Cuando mis hijos eran pequeños, mis padres fueron un apoyo invaluable. Como muchas madres que desarrollan su vida profesional mientras construyen una familia, necesité ayuda en innumerables ocasiones. Ellos estuvieron presentes para llevar, recoger, acompañar y cuidar. Lo hicieron con amor, con generosidad y sin esperar nada a cambio.
Con el tiempo, mis hijos crecieron, pero la relación con sus abuelos siguió fortaleciéndose. Hoy siguen interesados en sus vidas, en sus proyectos y en sus sueños. Continúan celebrando sus logros y acompañándolos en los momentos importantes. Incluso Atenas, el perro de mi hijo, forma parte de ese círculo de afecto y cuidados que ellos han construido alrededor de la familia.
A medida que pasan los años, he llegado a valorar algo que cuando era más joven tal vez daba por sentado: la importancia de estar presentes.
No siempre se trata de grandes gestos. Muchas veces el amor se manifiesta en las pequeñas cosas de todos los días. En una llamada para preguntar cómo estamos. En una visita. En una conversación. En un favor oportuno. En la disposición permanente para ayudar.
Mirando hacia atrás, creo que una de las mayores enseñanzas que he recibido de mis padres ha sido precisamente esa: estar para los demás cuando más lo necesitan.
Las huellas que permanecen
Mientras preparaba este blog, me descubrí recordando escenas que hacía muchos años no pasaban por mi mente.
A veces pensamos que las huellas que dejan nuestros padres están en los grandes consejos o en las decisiones importantes que marcaron nuestra vida. Sin embargo, con el paso de los años he comprendido que muchas veces aparecen en los pequeños recuerdos que nos acompañan sin que nos demos cuenta.
Mi papá trabajó durante años con computadores. Cuando mi hermano y yo éramos niños, nos gustaba acompañarlo y ver cómo trabajaba. Recuerdo aquellas tarjetas de programación que en ese momento parecían algo misterioso y fascinante. Por supuesto, en esos años no imaginaba que terminaría estudiando ingeniería ni que décadas después dedicaría buena parte de mi tiempo a hablar de tecnología e inteligencia artificial.
Mirando hacia atrás, me gusta pensar que parte de esa curiosidad por entender cómo funcionan las cosas nació allí, observando, preguntando y aprendiendo.
Y también están esas huellas que continúan apareciendo en las nuevas generaciones. Mi padre ha sido un apasionado de los bolos durante muchos años. Con el tiempo, esa afición encontró un nuevo espacio en nuestra familia y hoy veo a mi hijo recorrer parte de ese mismo camino. Son esos momentos los que me recuerdan que muchas de las cosas que valoramos no se transmiten a través de discursos, sino a través del ejemplo y de las experiencias compartidas.
Quizás por eso, al mirar a mis padres durante esta celebración, no veía únicamente una historia de 60 años de matrimonio. Veía también una historia que continúa viviendo en sus hijos, en sus nietos y en todas las personas que han sido tocadas por su manera de vivir.
Algunas huellas se quedan con nosotros para siempre. Otras tardan años en revelarse. Pero cuando aparecen, nos ayudan a comprender de dónde venimos y por qué somos quienes somos.
No acostumbro escribir sobre mi vida personal con tanto detalle. Sin embargo, esta semana sentí la necesidad de hacer una pausa para compartir esta historia.
No solo porque habla de mis padres, sino porque también habla de muchas de las cosas que han dado forma a mi propia vida.
Detrás de mi amor por los viajes, de mi interés por la tecnología, de muchas de mis convicciones y de algunos de mis mejores recuerdos, están ellos.
Celebrar sus 60 años de matrimonio ha sido también una forma de agradecerles por las huellas que han dejado en nuestra familia y en quienes hemos tenido la fortuna de caminar a su lado.



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