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La gran paradoja de la IA en América Latina

Foto del escritor: Adriana Páez Pino
Adriana Páez Pino
8 jun
5 min de lectura
By Adriana Páez Pino                                                                                                                                                   La inteligencia artificial promete abrir nuevas oportunidades de crecimiento para América Latina. Sin embargo, la región enfrenta una paradoja: el interés por la IA crece más rápido que la capacidad de convertirla en resultados reales. Una reflexión sobre productividad, estrategia y transformación más allá de la adopción tecnológica.
By Adriana Páez Pino La inteligencia artificial promete abrir nuevas oportunidades de crecimiento para América Latina. Sin embargo, la región enfrenta una paradoja: el interés por la IA crece más rápido que la capacidad de convertirla en resultados reales. Una reflexión sobre productividad, estrategia y transformación más allá de la adopción tecnológica.

En Descubriendo la IA en el trabajo me interesa mirar la inteligencia artificial más allá del entusiasmo que suele despertarla al comienzo, porque una cosa es reconocer su potencial y otra muy distinta convertirlo en resultados reales. Ahí, justamente, es donde América Latina empieza a mostrar una tensión que vale la pena mirar con más cuidado.


El informe Latin America in the Intelligent Age: A New Path for Growth, publicado por el World Economic Forum en colaboración con McKinsey & Company, ayuda a poner esa tensión en perspectiva. La región reconoce el valor estratégico de la IA y empieza a verla como una oportunidad concreta para mejorar productividad, trabajo y competitividad. El problema es que reconocer una oportunidad no es lo mismo que saber convertirla en capacidad. Sin embargo, esa expectativa todavía no se traduce con la misma fuerza en resultados amplios, sostenidos y medibles. Ahí aparece, para mí, la gran paradoja de este momento.


La oportunidad que la región no puede ignorar

América Latina no llega a esta conversación desde una posición cómoda. Durante años, la región ha crecido con una deuda persistente en productividad, y eso hace que el potencial de la inteligencia artificial no sea un asunto menor ni una moda pasajera. Según el informe, la IA podría aumentar la productividad de América Latina entre 1,9% y 2,3% anual hacia 2030 y generar entre 1,1 y 1,7 billones de dólares en valor económico adicional cada año. No es una cifra pequeña. Tampoco una promesa abstracta. Es la posibilidad de abrir una nueva ruta de crecimiento para una región que necesita encontrar formas más sostenibles de avanzar. 


Lo interesante es que esa oportunidad no se explica solo por el auge reciente de la IA generativa. El informe muestra que una parte importante del valor proyectado vendría de la IA analítica, es decir, de su capacidad para mejorar decisiones, optimizar procesos, anticipar riesgos y aumentar la eficiencia en sectores donde América Latina ya tiene peso económico. Eso cambia bastante la conversación, porque obliga a mirar la IA no solo como una herramienta para producir texto, imágenes o respuestas rápidas, sino como una palanca con impacto mucho más profundo en la productividad y en la competitividad de la región. 


Por eso, más que preguntarnos si América Latina debería sumarse a la inteligencia artificial, la pregunta real es otra. 

Qué tan preparada está para convertir ese potencial en una ventaja concreta y no dejarlo solo en expectativa.

Cuando los resultados no avanzan al mismo ritmo

Ahí es donde aparece la tensión más fuerte del informe. Aunque el potencial económico de la IA para América Latina es alto, su traducción en resultados concretos todavía sigue siendo limitada. El propio estudio señala que solo 23% de las organizaciones encuestadas reporta estar generando algún valor económico a partir del uso de inteligencia artificial, y apenas 6% afirma estar logrando un impacto significativo. La distancia entre lo que la IA promete y lo que realmente está ocurriendo en las organizaciones sigue siendo demasiado amplia. El diálogo avanza más rápido que la capacidad de ejecución.


Ese dato obliga a mirar la conversación con más cuidado. Porque una cosa es hablar de adopción, de pilotos, de pruebas o de entusiasmo empresarial, y otra muy distinta es demostrar que esa incorporación ya está cambiando de fondo la manera de operar, de decidir o de crear valor. En otras palabras, la región ya empezó a acercarse a la IA, pero todavía no puede decir que la esté convirtiendo de forma masiva en una ventaja real.


La paradoja, entonces, no está en la falta de interés. Está en la dificultad para pasar de la expectativa a la ejecución. Y esa diferencia importa mucho, porque en temas como este el valor no se mide por la cantidad de herramientas utilizadas, sino por la capacidad de integrarlas con sentido en los procesos que sostienen el negocio, el trabajo y la productividad.


Adoptar no es transformar

Una de las ideas más importantes que deja este informe es que usar inteligencia artificial no equivale, por sí solo, a transformar una organización. América Latina ya muestra señales de adopción en distintos sectores y funciones, especialmente en áreas como servicio al cliente y desarrollo de software. Pero el mismo documento advierte que esa incorporación muchas veces sigue ocurriendo de forma parcial, aislada o concentrada en mejoras puntuales de productividad, sin una conexión real con la estrategia general del negocio. 


Ahí está, para mí, una parte central del problema. Cuando la IA se usa solo para agilizar tareas sueltas, responder más rápido o automatizar fragmentos del trabajo, puede dar una sensación de avance. Pero transformar de verdad exige algo más profundo. Exige repensar procesos, revisar decisiones, reorganizar capacidades y entender en qué parte de la operación esta tecnología sí puede generar un cambio de fondo.


El informe también señala que solo una proporción muy pequeña de las organizaciones de la región tiene una estrategia de IA conectada de forma sistemática con su estrategia empresarial. Eso ayuda a entender por qué la adopción avanza, pero el valor no crece al mismo ritmo. No basta con incorporar herramientas. Lo que marca la diferencia es la capacidad de integrarlas con propósito, liderazgo y claridad sobre dónde sí pueden producir resultados sostenidos. 


En otras palabras, la gran diferencia no está entre usar o no usar IA. Está entre sumarla como una capa más de modernización aparente o convertirla en una palanca real de transformación.


Lo que esta paradoja realmente revela

Si la promesa de la IA es tan alta y el impacto sigue siendo tan bajo, entonces el problema no puede reducirse a la tecnología. Lo que esta paradoja deja ver es algo más estructural. La región no solo necesita herramientas. Necesita condiciones para que esas herramientas produzcan valor. No faltan señales de interés. Faltan bases para sostener el cambio.


El informe identifica varios frenos que ayudan a explicar esa distancia entre expectativa y resultados. Entre ellos aparecen las brechas de infraestructura, la debilidad en talento, la baja madurez de datos, la fragmentación regulatoria, el acceso limitado a capital y la escasa colaboración regional. Visto así, la conversación sobre IA en América Latina deja de ser solo una discusión sobre adopción y se convierte en una discusión sobre capacidad de ejecución. 


Eso cambia bastante el enfoque. Porque el reto ya no es únicamente entrar a la conversación global sobre inteligencia artificial. El reto es construir las bases que permitan que esa conversación se traduzca en productividad, en competitividad y en mejores decisiones. Sin talento preparado, sin datos utilizables, sin marcos claros y sin una visión más articulada, la IA corre el riesgo de quedarse en promesa, incluso cuando ya está presente en el discurso de empresas, gobiernos y organizaciones.


Por eso, más que preguntarnos si América Latina está usando IA, tal vez conviene preguntarnos si está construyendo las condiciones para que esa incorporación tenga impacto real y sostenible.


La gran paradoja de la IA en América Latina no está en la falta de interés, ni siquiera en la falta de adopción. Está en algo más incómodo y más decisivo. La región ya empezó a acercarse a esta tecnología, pero todavía no logra convertir esa cercanía en una capacidad extendida para generar valor. Y esa diferencia no es menor. Porque en un contexto en el que la productividad sigue siendo una deuda pendiente, la IA no debería quedarse en símbolo de modernización ni en recurso de uso puntual. Debería convertirse en una palanca real para transformar la manera en que trabajamos, decidimos y competimos. El potencial está sobre la mesa, pero el verdadero punto de quiebre no estará en usar más IA, sino en construir las condiciones para que esa presencia se traduzca, por fin, en resultados.


¿Qué necesita América Latina para que esta promesa empiece a convertirse en valor real?



 
 
 

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