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Avanzar no siempre es ir más rápido

  • Foto del escritor: Adriana Páez Pino
    Adriana Páez Pino
  • 13 abr
  • 5 min de lectura
By Adriana Páez Pino                                                                                                                                                                 Una reflexión sobre lo que Artemis II deja ver más allá de la exploración espacial. La relación entre inteligencia artificial, velocidad, preparación y responsabilidad en un momento en que avanzar rápido no siempre significa avanzar mejor.
By Adriana Páez Pino Una reflexión sobre lo que Artemis II deja ver más allá de la exploración espacial. La relación entre inteligencia artificial, velocidad, preparación y responsabilidad en un momento en que avanzar rápido no siempre significa avanzar mejor.

Esta semana me estuve pensando en algo que casi nunca cuestionamos cuando hablamos de tecnología. El tiempo.


Vivimos rodeados de herramientas que responden en segundos, de entornos que premian la velocidad y de una presión constante por ejecutar. En medio de todo eso, pensar con calma casi empieza a parecer una desventaja.


Eso fue lo que empezó a inquietarme mientras revisaba Artemis II.  No tanto por la misión en sí, sino por todo lo que tuvo que pasar antes de que llegue el momento que todos veremos. Los años de preparación, las decisiones previas, la planificación sostenida y la claridad de un objetivo que no admite ligereza.


En Descubriendo la IA en el trabajo, donde cada semana reflexiono sobre tecnología, liderazgo y futuro del trabajo, suelo fijarme en lo que estos temas dicen sobre nuestra manera de trabajar. Y en este caso, más que la tecnología misma, lo que me quedó dando vueltas fue otra cosa. Qué lugar le estamos dejando al tiempo para pensar en un momento en que la inteligencia artificial parece empujarnos siempre a ir más rápido.


Pensar bien también toma tiempo

Mientras leía sobre Artemis II, no me quedé pensando en la misión. Estuve reflexionando en todo lo que tuvo que quedar resuelto antes de que ocurra.


Años de pruebas, validaciones, simulaciones y decisiones previas que responden a una lógica cada vez menos frecuente. Cuando la complejidad es real, el apuro no sirve. Lo que sirve es la estructura. Saber qué no se puede improvisar. Saber qué no se puede dejar al azar.


Ahí fue donde la comparación empezó a incomodarme. Estamos incorporando inteligencia artificial en el trabajo como si la velocidad fuera, por sí sola, una señal de avance. Pero en sistemas verdaderamente complejos ocurre otra cosa. Cuanto más sofisticada es la tecnología, menos margen hay para decidir a la ligera.


La velocidad no siempre es avance

Lo inquietante de este contraste no es la distancia entre una misión espacial y el trabajo cotidiano. Es la forma tan distinta en que hoy entendemos el progreso.


En muchos espacios avanzar significa responder más rápido, producir más en menos tiempo y apoyarnos en inteligencia artificial para acortar procesos que antes exigían más elaboración. La velocidad se volvió una señal de eficiencia, casi de competencia profesional. Y eso, en parte, explica por qué tantas decisiones hoy se toman con una rapidez que impresiona más de lo que convence.


Pero hay entornos donde esa lógica cambia por completo. No porque falte tecnología, sino porque sobra responsabilidad. Cuando el objetivo es delicado, cuando las consecuencias importan y cuando una falla no se resuelve con un simple ajuste posterior, la velocidad deja de ser el criterio principal. Lo que pesa de verdad es otra cosa. La preparación, la secuencia, la validación, la claridad con la que se toman decisiones antes de llegar al punto visible.


Ahí es donde Artemis II deja de ser solo una misión y se vuelve una referencia incómoda. Porque muestra que la sofisticación no reemplaza la disciplina. Que tener sistemas más avanzados no reduce la necesidad de pensar mejor. Y que, en ciertos contextos, ir más rápido no es avanzar. Es aumentar el riesgo con mejor apariencia.


Lo que estamos dejando atrás cuando aceleramos

Hay algo que estamos dejando atrás sin que siempre lo notemos. No es el trabajo en sí, sino parte de lo que ocurría antes de empezar. El tiempo para entender bien un problema, para formular una pregunta con precisión, para discutir un enfoque antes de ejecutarlo e incluso para demorarnos lo suficiente como para no decidir demasiado pronto.


Muchas de esas etapas se están comprimiendo. No porque hayan dejado de ser necesarias, sino porque ahora tenemos la posibilidad de avanzar sin atravesarlas con el mismo cuidado. La inteligencia artificial permite producir antes, responder antes y llegar más rápido a una versión aparente de resolución. Pero ahí también aparece un riesgo que no siempre se ve de inmediato.


No todo lo que se puede acelerar conserva su calidad cuando se acelera. Hay decisiones que se empobrecen cuando se toman demasiado pronto, incluso si después quedan bien redactadas, bien presentadas o técnicamente correctas.


Por eso el cambio que estamos viviendo no es solo tecnológico. También está alterando la secuencia con la que pensamos, preguntamos y actuamos. Y cuando ese orden se modifica, no solo cambia la velocidad. Cambia la calidad de lo que hacemos con ella.


Las mujeres también hacen parte de este nivel de exigencia

Esta misión también permite mirar algo más. Quiénes están ocupando lugares de alta exigencia dentro de estas estructuras.


Detrás de un proyecto así hay equipos distribuidos, funciones altamente especializadas y decisiones que no admiten margen amplio de error. Y dentro de esa estructura también hay mujeres ocupando responsabilidades concretas en áreas donde la preparación, la secuencia y la precisión no son opcionales.


Diana Trujillo, nacida en Colombia, hoy integra el grupo de directores de vuelo de la NASA, una función que la agencia vincula con las operaciones de la Estación Espacial Internacional, las misiones de tripulación comercial y esta nueva etapa de exploración lunar. NASA también explica que, a partir de Artemis II, los directores de vuelo estarán al mando de los astronautas que viajen a la Luna. 


Junto a ella aparecen otras mujeres en funciones igualmente exigentes. Katheryn Vásquez trabaja en la logística de Gateway. Verónica Pruneda lidera desarrollos de software para esa infraestructura orbital. Yaritza de Jesus-Arce participa en sistemas de comunicaciones ópticas vinculados a Artemis II. Carolina Restrepo trabaja en tecnologías orientadas al aterrizaje seguro en la superficie lunar. 


Lo relevante no es solo nombrarlas. Es el tipo de lugar que ocupan. Son espacios donde el trabajo previo no se puede saltar, donde el error no se corrige con ligereza y donde la responsabilidad sigue teniendo nombre propio.


Eso también amplía la conversación. El futuro del trabajo no solo se está acelerando. También se está volviendo más exigente. Y en ese nivel de exigencia, ya hay mujeres de nuestra región participando con funciones técnicas, operativas y estratégicas.


Lo que se desarrolla allí no se queda allí

Lo que ocurre en este tipo de misiones no termina cuando la misión ocurre.

Muchas de las capacidades que se desarrollan en estos entornos terminan trasladándose a otros contextos. No siempre de forma visible, no siempre de manera inmediata, pero sí de manera progresiva. Tecnologías, formas de operar, criterios de validación y maneras de tomar decisiones empiezan a aparecer luego en otros espacios, incluidos los entornos de trabajo más cotidianos.


Por eso no basta con mirar estas misiones como si pertenecieran a otro mundo. También conviene preguntarnos qué pasa cuando esas mismas lógicas llegan a escenarios donde las condiciones no son tan extremas, pero las decisiones siguen afectando personas, procesos y resultados.


La pregunta no es si tendremos acceso a esas capacidades. La cuestión es si sabremos usarlas con el mismo nivel de cuidado con el que fueron construidas.


Quizás por eso lo que más me dejó pensando de Artemis II no fue la magnitud de la misión, sino el tipo de disciplina que la sostiene.


En un momento donde casi todo nos empuja a responder antes, producir antes y decidir antes, resulta incómodo recordar que hay avances que no se construyen apurando el proceso, sino cuidando cada etapa que los hace posibles.


La conversación de fondo quizá no sea hasta dónde puede llegar la tecnología, sino qué tipo de relación estamos construyendo con el tiempo, con la preparación y con la responsabilidad cuando trabajamos con ella.


Porque al final, el reto no es solo acelerar. Es no vaciar de sentido lo que hacemos mientras aceleramos.

 
 
 

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